Ganar no siempre se siente como una fiesta. Menos en un Mundial que viene torcido, indomable, obligando a remar desde atrás cada noventa minutos. Si viste los cuartos de final entre Argentina y Suiza en Kansas City, seguro lo notaste. La procesión de Lionel Scaloni va por dentro. Cuando el árbitro decretó el final del alargue y selló el 3-1 definitivo, la lógica pedía un desahogo de locura colectiva. Gritos, abrazos, saltos. En cambio, las cámaras se quedaron con un técnico conmovido, estático, incapaz de esbozar una sonrisa en el banco de suplentes.
No hubo puños apretados. No hubo carrera desaforada hacia los jugadores. Scaloni eligió procesar el pase a semifinales con los ojos vidriosos y la cabeza gacha. Hay triunfos que desgastan tanto que agotan los tanques de festejo. El trayecto de la selección en este torneo se transformó en una prueba de supervivencia física y mental que está dejando huella en su líder. For a different view, consider: this related article.
El sufrimiento crónico de Lionel Scaloni
Afrontar un partido de cuartos de final sabiendo que venís de remontadas heroicas te cambia la cabeza. Argentina llegó a esta instancia cargando el peso de un desgaste brutal. Primero fue Cabo Verde en el suplementario, después el infarto contra Egipto tras arrancar dos goles abajo. El técnico admitió la cruda realidad en la rueda de prensa posterior en el Arrowhead Stadium. Aseguró que les costó horrores salir de la presión física que propuso el conjunto suizo conducido por Murat Yakin.
La lectura del partido no deja margen de error. El gol tempranero de Alexis Mac Allister a los 10 minutos amagó con abrir una noche tranquila, pero Suiza es un camión. Dan Ndoye lo empató en el segundo tiempo justo cuando la Albiceleste parecía quedarse sin piernas. Para colmo, el capitán Lionel Messi jugó condicionado, arrastrando un corte en el párpado derecho provocado por un cruce durísimo con Granit Xhaka. Further insight on this matter has been shared by Bleacher Report.
La paridad obligó a estirar el sufrimiento treinta minutos más. Con la tarjeta roja a Breel Embolo, Argentina encontró espacios, pero el juego nunca fluyó con soltura. Scaloni lo sabe perfectamente. Cuando no dominás el trámite desde lo estratégico, dependés de la jerarquía pura y de la fortuna. El entrenador reconoció con total honestidad que la suerte estuvo de su lado para destrabar el nudo. El golazo de Julián Álvarez y la posterior estocada de Lautaro Martínez en el minuto 120 decoraron un resultado abultado que esconde un desarrollo sumamente áspero.
Los factores del desgaste emocional
- La falta de vallas invictas: Cuatro partidos consecutivos recibiendo goles generan una alarma constante en el cuerpo técnico.
- La burbuja familiar: El técnico confesó que, aunque prefiere mantener el aislamiento, tener a su familia cerca en la concentración funciona como un cable a tierra y un desahogo pesado.
- La mística heredada: La obligación implícita de respaldar el último Mundial de Messi añade un extra de drama a cada jugada dividida.
La herencia de Sabella y el fantasma de los penales
Para entender la inexpresividad de Scaloni hay que mirar el pasado. La última vez que estos dos países se cruzaron en una Copa del Mundo fue en Brasil 2014, con Alejandro Sabella sufriendo en el banco hasta el minuto 118 por culpa de un gol agónico de Ángel Di María. Aquella tarde, el palo salvó a la Argentina en la última bola del partido. Ayer el desarrollo tuvo una carga dramática idéntica. El cuerpo técnico actual sabe que la delgada línea entre meterse entre los cuatro mejores o armar las valijas se define por centímetros.
Ese silencio sepulcral del entrenador en el banco tras el pitazo final no es apatía. Es respeto absoluto por la dificultad del juego. Scaloni ya metió a este grupo humano en su sexta semifinal de la historia mundialista. Es el único equipo no europeo que sigue en carrera, un dato brutal que dimensiona el logro. El plantel se transformó en una máquina de resistir que compite incluso cuando le pintan el panorama negro a base de lesiones y golpes físicos.
La cabeza del técnico ya viaja a Atlanta. El próximo miércoles 15 de julio espera la durísima Inglaterra de Jude Bellingham, que viene de despachar a Noruega en otra batalla de tiempo extra. No hay espacio para relajaciones absurdas. Si querés ganarle a los ingleses y asegurar el pasaje al MetLife Stadium para la gran final del 19 de julio, el equipo necesita ajustar las transiciones defensivas de manera urgente.
Revisá los compactos del partido. Analizá los cambios tácticos que Scaloni probó con los ingresos de Thiago Almada y José Manuel López en el tiempo extra. El banco de suplentes resolvió lo que las piernas de los titulares ya no podían sostener. La próxima batalla requiere esa misma lucidez táctica, pero con un plus de frescura física si se pretende bordar la cuarta estrella. El camino está libre de rivales accesibles. Toca morder el polvo de nuevo.